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El pasado 8 de febrero de 2026, los Patriotas de Nueva Inglaterra y los Halcones Marinos de Seattle se enfrentaron en el Estadio Levi’s en San Francisco en el Super Bowl LX.
Más allá de reflexionar sobre el resultado del partido, los días posteriores al Super Bowl son un momento interesante para evaluar al super domingo y al futbol americano en general como un deporte con impacto económico y social significativo.
Detrás del deporte y el espectáculo, late un laboratorio vivo para la comunidad de competencia económica: integración vertical de derechos, acuerdos entre competidores, gobernanza de una “liga‑cartel”, barreras de entrada, expansión internacional, mercados adyacentes (mercancía, publicidad, streaming) y, ahora, un nuevo frente olímpico con el futbol bandera o flag football. Visto desde América Latina, el caso NFL ofrece paralelos útiles —y advertencias—.
Este columna propone una lectura comparada, anclada en hechos recientes y en precedentes de competencia, para pensar en el futbol americano como mercado y la NFL como un punto de referencia para el desarrollo del deporte, tanto en términos de aprendizajes como de desafíos.
«Desde América Latina (…), mirar la NFL no significa importar su modelo. Es, más bien, plantearse la cuestión de cómo queremos que se desarrolle futbol americano y el flag football en nuestra región. Particularmente, separar coordinación eficiente de colusión nociva; distinguir negociación colectiva laboral de acuerdos de no competencia; medir barreras de entrada reales; y recordar que la gobernanza de la liga no está por encima del derecho de la competencia.»
El Super Bowl LX seguramente volvió a imponer récords: Según información pública y de Statista, el costo promedio por un anuncio de 30 segundos alcanzó alrededor de 8 millones de dólares. Algunas fuentes estiman que en el área de la Bahía de San Francisco se generaron entre 370 y 630 millones de dólares por el super tazón. Aunque en eventos deportivos se suele sobreestimar beneficios netos para residentes una vez descontadas fugas y costos públicos, el patrón, consistente con evaluaciones previas, seguramente confirmará que el mayor ganador del Super Bowl es la propia NFL, apalancada en contratos multimillonarios de derechos, boletaje, publicidad, entre otros.
El Super Bowl y el futbol americano profesional se juega en un contexto en el que la dimensión cultural ha amplificado el impacto económico de la NFL. Desde 2023, se ha hablado del “Taylor Swift effect” derivado de la relación entre una de las mayores superestrellas y prodigio musical de la historia, Taylor Swift, con uno de los mejores jugadores en la posición de ala cerrada de todos los tiempos, Travis Kelce. Sin entrar en detalles sobre su relación y cualquier teoría, la NFL la ha capitalizado más allá del deporte. Por ejemplo, desde que se confirmó la relación entre Swift y Kelce, se catapultó el mercado de mercancía con picos de 400% en ventas de jerseys del número 87 de los Kansas City Chiefs.
El espectáculo del medio tiempo es, desde hace años, un activo político y comercial transfronterizo. La participación de Bad Bunny en el Super Bowl XL y la discusión sobre su impacto refuerzan una intuición: la NFL hace tiempo dejó de ser una liga “doméstica”.
Adicionalmente, en México, una consecuencia muy tangible del “Gran Juego” es el ciclo de demanda de aguacate: por ejemplo se proyectó para esta temporada un récord de 127 mil toneladas enviadas a Estados Unidos en las cuatro semanas previas al super domingo, 11% más interanual. Paradójicamente, y por primera vez en varios años derivado de la dinámica de oferta de otros países proveedores de aguacate, las personas consumidoras mexicanas observamos precios a la baja en enero‑febrero mientras la exportación a Estados Unidos rompía marcas. Este escenario es útil para plantear lo siguiente: la NFL, sin “intención” regulatoria, reconfigura cadenas agroalimentarias y de precios a nivel regional.
La expansión internacional de la NFL dejó de ser un experimento. Para 2026, la liga anunció el mayor calendario fuera de Estados Unidos hasta ahora: nueve juegos en cuatro continentes y siete países, con Londres (tres partidos), Madrid (Santiago Bernabéu), París (Stade de France), Múnich, Río de Janeiro (Maracaná), Melbourne (MCG) y el regreso a Ciudad de México en un esquema multianual. Este último en pleno año mundialista.
Esta expansión atiende a una lógica estratégica: mercados con masa crítica, estadios de última generación y, en México, la combinación de base de aficionados (la más grande fuera de Estados Unidos) y derechos de mercadotecnia. Para América Latina, Brasil y México concentran la acción, y no solo por demografía: son pivotes de transmisión, patrocinios y crecimiento del flag football según la propia NFL.
Asimismo, la inclusión del “tocho bandera” como decimos en México, o flag football, como deporte olímpico para Los Ángeles 2028 fue consagrada por el Comité Olímpico Internacional en 2023 y la NFL ha tratado el hito como política pública del deporte: embajadores globales, campeonatos mundiales y un pipeline juvenil en expansión (NFL Flag) que ya muestra cifras millonarias de practicantes a nivel mundial. Además, en 2026, se informó que jugadores NFL serán elegibles bajo ciertas reglas para representar a sus países en LA28.
¿Qué implica para la competencia? Al menos dos cosas: (i) una puerta de entrada más ancha para países donde el futbol americano tradicional de impacto no ha prosperado, y (ii) una plataforma de exhibición que nutre la demanda por contenidos NFL y su base comercial.
Si la NFL consolida propiedad intelectual, patrocinios y talento alrededor del flag football, el poder de mercado podría trasladarse hacia el nuevo formato, reforzando la posición de la liga frente a alternativas.
En sistemas normativos que se han caracterizado por estándares per se, la NFL podría operar con rasgos típicos de un cartel. Sin embargo, este ha sido tolerado por la jurisprudencia estadounidense en la medida en que coordina producción de un bien conjunto (el espectáculo) y se somete a escrutinio antitrust como una empresa conjunta.
No obstante, esto no ha estado libre de fricción. Para ello, a continuación, refiero algunos casos interesantes:
El contraste con México es instructivo. En 2021, la extinta Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) sancionó a 17 clubes de la Liga MX, a la Federación Mexicana de Futbol y a ocho personas físicas por colusión (prácticas monopólicas absolutas). Específicamente, se investigó y sancionó (i) un acuerdo de tope salarial para la Liga MX Femenil y (ii) un mecanismo de segmentación laboral (el llamado “pacto de caballeros”) que restringía la movilidad de jugadores y su poder de negociación.
El caso sienta un precedente nítido fuera de Estados Unidos: cuando la coordinación entre competidores (clubes) no está amparada por una negociación colectiva válida ni orientada a la producción de un bien conjunto, y afecta salarios o movilidad, el derecho de la competencia económica se aplica con toda fuerza.
La comparación deja dos ideas: (i) Por un lado, no todo lo que hacen las ligas estadounidenses sería tolerable en otros mercados como México si no mediara un marco laboral‑colectivo robusto. La “labor exemption” estadounidense no tiene un gemelo automático en la Ley de competencia mexicana; cualquier restricción horizontal de salarios o movilidad sería ilegal. (ii) Por el otro lado, la aplicación del derecho de la competencia en mercados deportivos y laborales llegó para quedarse. Autoridades de competencia de varias jurisdicciones han intensificado sus acciones para investigar acuerdos de no contratación o topes salariales de facto; el caso mexicano está alineado con esa tendencia.
Si la NFL es tan buen negocio, ¿por qué nadie ha logrado generar un negocio similar? Y en todo caso, ¿por qué no logran competirle? La historia reciente lo muestra: la USFL y la XFL fusionaron sus operaciones para dar paso a la UFL en 2024, con respaldo de grandes medios y un calendario de primavera. El modelo de la United Football League parte la integración y su promesa de racionalización (ocho equipos, finanzas compartidas, parrilla televisiva).
Aun así, los “startups” del fútbol americano enfrentan un gran reto: sin masa crítica de talento, marcas y distribución, la audiencia no escala; sin audiencia, el dinero no llega; sin dinero, el talento no puede contratarse. La NFL, por su parte, se beneficia de efectos de red, acuerdos de derechos de ciclo largo y un esquema de juegos semanales que organiza la demanda durante meses.
El ecosistema colegial estadounidense, el semillero de la NFL, vive su propia revolución. En 2025, un tribunal federal aprobó el acuerdo en House v. NCAA que permite, con topes anuales, el reparto directo de ingresos a deportistas, además de casi 2.8 mil millones de dólares en pagos retroactivos por limitaciones previas a su monetización. Este cambio marca el fin del modelo que durante décadas caracterizó al deporte universitario: antes, los atletas solo podían recibir becas educativas mientras las universidades generaban ingresos multimillonarios por televisión, patrocinios y eventos. Con el nuevo esquema, las instituciones podrán compartir directamente parte de esos recursos con los jugadores, acercando el futbol colegial a un modelo semiprofesional.
El modelo colegial transita hacia un esquema híbrido de pago directo y derechos con un nuevo órgano de cumplimiento (College Sports Commission) y supervisión regulatoria.
¿Qué importa para América Latina? Primero, que el mercado de talento incrementará su precio y movilidad, con derrames sobre la cadena (reclutamiento internacional incluido). Segundo, que la frontera entre “amateur” y “profesional” se hace más porosa, mientras la NFL conserva su rol de comprador monopsonista.
Para contrastar, vale recordar la “excepción” del béisbol en Estados Unidos, una anomalía jurisprudencial admitida por la propia Corte Suprema (Federal Baseball, Toolson, Flood v. Kuhn) que el Congreso ajustó parcialmente en 1998 (Curt Flood Act). En términos simples, esta excepción implica que, a diferencia de otras ligas deportivas y sectores económicos, el béisbol profesional quedó históricamente fuera de la aplicación plena de las leyes antimonopolio federales. Esto permitió a las Grandes Ligas mantener por décadas mecanismos restrictivos, como la antigua “reserva” de jugadores, sin enfrentar las mismas obligaciones de competencia que otros deportes. Aunque el Congreso limitó parcialmente esa inmunidad en 1998 para proteger a los jugadores, la excepción sigue siendo un caso único dentro del derecho de competencia estadounidense.
La NFL no goza de ese privilegio general: su comportamiento concertado se analiza caso por caso (American Needle, Radovich) y asuntos como Sunday Ticket prueban que las ligas no están blindadas frente a la ley de competencia. La moraleja comparada: incluso en la NFL hay límites, la noción de “liga‑cartel” convive con límites judiciales y regulatorios.
Con Brasil y México en la ruta 2026, la pregunta no es si habrá derrama económica, sino cómo maximizar beneficios y mitigar riesgos:
Competencia y regulación sectorial: Las agencias de competencia deberían anticipar escenarios en mercados conexos y eventuales acuerdos horizontales “blandos” de clubes locales cuando interactúan con franquicias globales. El precedente mexicano en fútbol es claro, restricciones a salarios o movilidad laboral son zona roja.
La NFL es negocio, un deporte que va más allá de los Estados Unidos y, sobre todo, diseño institucional. Vende un deporte y espectáculo en un contexto de escasez (franquicias limitadas), orquesta rivalidades en un formato común (calendario, reglas, reparto) y capitaliza efectos de red (audiencias, marcas, ciudades).
Cuando se expande afuera del mercado estadounidense, lo hace con precisión quirúrgica: nueve juegos internacionales en 2026, alianzas locales y property building (flag football) que expanden su frontera de posibilidades.
Desde América Latina, y sobre todo para quienes disfrutamos hace algunos del deporte en las canchas y seguimos cada semana los partidos, mirar la NFL no significa importar su modelo. Es, más bien, plantearse la cuestión de cómo queremos que se desarrolle futbol americano y el flag football en nuestra región. Particularmente, separar coordinación eficiente de colusión nociva; distinguir negociación colectiva laboral de acuerdos de no competencia; medir barreras de entrada reales; y recordar que la gobernanza de la liga no está por encima del derecho de la competencia.
El deporte es un mercado singular, sí, pero sigue siendo un mercado sujeto a las reglas en materia de competencia económica. Las personas que practican el deporte también tienen claros derechos y prerrogativas. Por ello, aunque tal vez el lunes después del Super Bowl nos despertamos anhelando que inicie la nueva temporada, quizá celebrando la victoria de nuestro equipo, o haciendo un recuento de los daños, también conviene que para la comunidad de competencia económica no sólo sea motivo de plática de café sino objeto de análisis.
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