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La tecnología está compensando alguna de las carencias de los sistemas sanitarios y de salud, que a menudo olvidan a las mujeres. Basados en sesgos de género históricos y estructurales, la mayoría de los ensayos clínicos y estudios biométricos se han realizado en hombres, extrapolando los resultados a las mujeres sin considerar sus diferencias biológicas y fisiológicas. Asimismo, los diagnósticos realizados a mujeres suelen minimizar los síntomas físicos graves sufridos por ellas, atribuyéndolos a causas psicológicas, en contraposición con los diagnósticos realizados a hombres.
Para compensar esta desigualdad en el sector sanitario, en los últimos años se ha venido desarrollando un sector que atiende específicamente a las necesidades sanitarias de las mujeres: el sector femtech. El término fue acuñado en 2016 por Ida Tin, fundadora de la app Clue, para dar visibilidad a la tecnología enfocada a la salud femenina. Esta industria abarca la aplicación de toda la tecnología disponible (software, dispositivos conectados o productos y servicios diagnósticos) para mejorar la salud y el bienestar de las mujeres. Los ejemplos más destacados de éxito de la industria incluyen apps para el control de fertilidad, el seguimiento del embarazo o el diagnóstico de enfermedades crónicamente subdiagnosticadas, como la endometriosis.
Sin perjuicio de su relevancia social, la industria femtech es uno de los sectores que más crecen. De 40,2 billones en facturación en 2020, se proyecta que el mercado global femtech crecerá hasta 97,25 billones en 2030. Desde un punto de vista práctico, la industria femtech cuenta con un potencial base de usuarias que comprende al 80% de la población mundial, ya que las mujeres realizan el 85% de las decisiones de compra totales.
El éxito que han tenido algunas de estas aplicaciones y servicios, y el incremento de la demanda en el sector, no obstan para que existan fuertes barreras a la entrada del mercado femtech. En términos económicos, nos referimos a barreras de tipo técnico, económico o legal, para señalar a aquellos obstáculos que los nuevos entrantes a un determinado mercado enfrentan cuando quieren lanzar sus servicios y/o productos al mercado. En el caso de la industria femtech, las barreras a la entrada son principalmente culturales y sociales.
«El auge del sector femtech representa un hito necesario para corregir una deuda histórica del sector sanitario con las mujeres. Al poner la tecnología al servicio de estas necesidades, esta industria no solo promete rentabilidad económica, sino también un avance significativo en la equidad social.»
La mayoría de estas firmas, que comienzan su andadura como start-ups y se apoyan en rondas de financiación, se enfrentan a una clara desventaja. Solamente el 16% de todos los socios de empresas de capital riesgo son mujeres. Por tanto, las decisiones sobre qué empresas deben recibir financiación para su desarrollo se toman principalmente por hombres. Históricamente, estos directivos han demostrado un menor interés en el desarrollo y potencial de estas tecnologías por una falta de comprensión de los problemas subyacentes a ellas que, en último término, influencia sus decisiones de inversión.
Además, la falta de información juega en contra de las desarrolladoras de este tipo de tecnología. Los ensayos clínicos y las bases de datos infrarrepresentan las necesidades sanitarias y de salud de las mujeres, ya que simplemente se suelen trasladar a las mujeres los resultados que se dan en hombres. Esto implica que puede ser mucho más complicado para una start-up en este sector demostrar, en base a resultados y datos precisos, la efectividad y los resultados que se producirán como consecuencia de la aplicación de la tecnología. Este aspecto genera incertidumbre en la toma de decisiones de los inversores, que pueden optar por empresas que tengan un portfolio más sólido en cuanto al retorno de su inversión. En este sentido, los nuevos entrantes al mercado se enfrentan a altas barreras a la entrada, que, eventualmente, el régimen de control de concentraciones deberá atender para establecer la situación estructural del mercado.
Hasta el momento, las autoridades de libre competencia no se han pronunciado sobre ninguna concentración en fase de investigación ni tampoco han sancionado ningún tipo de conducta potencialmente anticompetitiva en este mercado. Sin embargo, este es uno de los sectores que puede plantear mayores problemas a estas autoridades y reguladores.
Precisamente por la falta de acceso inicialmente a datos, la mayoría de las tecnologías que se desarrollan en esta industria consisten en recibir, almacenar y tratar datos personales (y, en su mayoría, datos especialmente sensibles) sobre sus usuarias para realizar recomendaciones o diagnósticos. Lo hacen de una forma que, en ocasiones, puede vulnerar los derechos de privacidad y de protección de los datos personales de estas usuarias. Ya en 2021, la FTC norteamericana descubrió que la famosa aplicación de seguimiento menstrual Flo Health, compartió datos íntimos de salud con terceros sin el consentimiento explícito de sus usuarias.
Los regímenes de libre competencia ya se han enfrentado a este tipo de problemas a una menor escala. Por ejemplo, la autoridad alemana de competencia declaró que el rastreo por parte de Meta a sus usuarios incumplía el régimen de protección de datos personales europeo y que, como consecuencia de ello, también importó un daño anticompetitivo para sus usuarios. Este caso demostró que el acceso a datos y su protección es un parámetro de competencia más para tener en cuenta en los análisis de competencia, aunque su naturaleza puede resultar ampliamente abstracta o etérea.
La industria femtech lleva este reto al siguiente nivel, ya que los datos que tratan son datos médicos o relativos a la salud, que pueden ser especialmente lucrativos para compartirlos con terceros anunciantes. A este desafío se suma el riesgo derivado de los efectos de red. En el mercado femtech, cuantas más usuarias interactúan con una plataforma, más necesario se vuelve su algoritmo de diagnóstico, lo que puede generar una ventaja competitiva difícil de alcanzar para nuevos entrantes. Si una empresa logra dominar un segmento, como por ejemplo el seguimiento del ciclo menstrual, y comienza a expandirse hacia otros servicios puede crear un ecosistema cerrado que sea difícil de derribar.
La industria femtech lleva este reto al siguiente nivel, ya que los datos que tratan son datos médicos o relativos a la salud, que pueden ser especialmente lucrativos para compartirlos con terceros anunciantes. A este desafío se suma el riesgo derivado de los efectos de red. En este mercado, cuantas más usuarias interactúan con una plataforma, más necesario se vuelve su algoritmo de diagnóstico, lo que puede generar una ventaja competitiva difícil de igualar para nuevos entrantes.
Este fenómeno no es ajeno a otros mercados digitales: el caso de Google ilustra con claridad cómo el dominio de un servicio de búsqueda se extendió progresivamente hacia la publicidad digital, los sistemas operativos móviles o los dispositivos domésticos conectados, consolidando un ecosistema donde los efectos de red refuerzan mutuamente cada segmento. En el mercado femtech, una dinámica similar podría materializarse si una plataforma que acumula datos sobre ciclos menstruales, fertilidad y salud hormonal comienza a ofrecer servicios de seguimiento del embarazo, diagnóstico de endometriosis o planificación familiar, creando sinergias entre sus algoritmos que los nuevos entrantes difícilmente podrían replicar sin una masa crítica de datos equivalente.
A ello se añade una dimensión cualitativa que agrava el análisis: los datos que estas plataformas recopilan no son comparables a los datos de comportamiento de consumo que manejan otras grandes plataformas digitales. La información relativa a la salud reproductiva y hormonal de las mujeres puede ser utilizada por terceros para inferir estados de salud, orientar publicidad invasiva, o incluso ser objeto de requerimientos judiciales en contextos donde la autonomía reproductiva de la mujer está jurídicamente comprometida. La cesión o filtración de estos datos no constituye, por tanto, un daño abstracto para la competencia, sino un perjuicio concreto y diferenciado que afecta de manera desproporcionada a las mujeres como grupo.
El auge del sector femtech representa un hito necesario para corregir una deuda histórica del sector sanitario con las mujeres. Al poner la tecnología al servicio de estas necesidades, esta industria no solo promete rentabilidad económica, sino también un avance significativo en la equidad social. Sin embargo, su crecimiento exponencial no está exento de fricciones regulatorias. La intersección entre la escasez de datos inicial, las barreras de financiación por sesgos de género y la gestión de información extremadamente sensible sitúa a las autoridades de libre competencia ante un escenario complejo.
Para que el mercado femtech alcance su pleno potencial, los regímenes de libre competencia deben evolucionar hacia un análisis que trascienda los precios y el bienestar del consumidor en términos monetarios. Es imperativo integrar la privacidad, la calidad de los datos y el acceso a la innovación como pilares fundamentales. El reto para los reguladores será, por tanto, proteger este ecosistema naciente sin asfixiar la innovación que, por primera vez, sitúa la salud de la mujer en el centro del tablero digital.
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