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La Comisión Nacional Antimonopolio (CNA) no solo certificará programas; certificará su propia credibilidad. En un ecosistema donde el conocimiento interno erosiona la confianza y la percepción pesa más que la norma, el sello oficial nace bajo sospecha. La certificación no será un trámite, sino un examen público sobre la capacidad para distinguir evidencia de narrativa. Y en un mercado donde el escepticismo es estructural, la CNA deberá demostrar que su señal vale más que el papel que la contiene.
La CNA inicia su facultad de certificación en un terreno minado. El Informe de Encuesta de Percepción 2026, elaborado por CeCo y GWU, consultó a la élite legal de siete jurisdicciones latinoamericanas. En seis de ellas, la tasa de respuesta superó el 60%, lo que permite afirmar que el diagnóstico no es anecdótico, sino representativo. Brasil es la única excepción, pero aun así aporta un volumen relevante de respuestas.
La percepción no es un ruido. En mercados con asimetría de información, la percepción es la realidad que guía decisiones. El informe no busca premiar a los países con mejores prácticas, sino identificar patrones institucionales. Para la CNA, estos patrones son advertencias tempranas sobre los riesgos de diseñar una certificación sin un estándar público previo.
Como parte de la encuesta, se preguntó el nivel de importancia de los actuales programas de cumplimiento de sus clientes, evaluando en una escala Likert de 1 a 7, donde 1 significa poco importante, 7 muy importante, y 4 representa un nivel regular.[1]
En la valoración de programas de cumplimiento, México se ubica en un nivel Regular (4.55), junto con Argentina (4.14), Colombia (4.11) y Ecuador (4.00). En contraste, las jurisdicciones con valoración Importante son Chile (5.01), Brazil (5.47) y Perú (5.53). La diferencia no parece ser cultural, sino institucional: está asociada a la existencia y calidad de guías técnicas emitidas por la autoridad.[2]
A diferencia de Perú o Brasil donde las autoridades han emitido lineamientos específicos sobre programas de cumplimiento, México llega a la certificación sin un estándar público de evaluación. La anterior COFECE, sin facultad de certificar, dejó un documento con recomendaciones insuficientes para incentivar adopción. En contraste, Colombia opera con la norma NTC 6378 y un esquema de certificación por terceros independientes, un modelo que la CNA debería observar para mitigar riesgos de captura y subjetividad.
Estas calificaciones y marcos de guía revelan un desafío para cualquier autoridad que aspire a certificar programas de cumplimiento: la brecha entre lo que la autoridad ofrece y lo que el mercado demanda. Mientras la certificación debe funcionar como una señal de calidad, algunos abogados la interpretan como un seguro ante posibles infracciones. Esa disonancia de expectativas puede explicar el escepticismo que rodea a los programas de cumplimiento y, eventualmente, condicionará el valor del sello que la CNA pretende emitir.
«La fragilidad del ecosistema mexicano no solo proviene de un mercado dividido, sino de un patrón que inclina la balanza en sentido contrario al que la certificación necesitaría: quienes más conocen el sistema y quienes más trabajan en competencia son quienes menos confían en los programas. Es un escepticismo informado, no superficial».
México no es un país con mal desempeño, sino un país partido. La distribución de respuestas confirma esta fragilidad: casi un tercio de los especialistas califica el cumplimiento entre 1 y 3, mientras otro tercio lo ubica entre 6 y 7. La moda es 4. Muchos clientes dudan de que los programas actuales resistan una crisis real.
Este patrón coincide con lo que argumenté en mi columna anterior: cuando el mercado no puede observar la calidad, los “limones” desplazan a las “joyas”. Y una vez que la degradación ocurre, revertirla exige más que un sello; exige reconstruir confianza técnica. La CNA no parte de una hoja en blanco, sino de un ecosistema donde la simulación ha sido rentable. En ese contexto, la certificación debe convertirse en un mecanismo para restaurar la señal de integridad, no solo para emitir sellos.
La fragilidad del ecosistema mexicano no solo proviene de un mercado dividido, sino de un patrón que inclina la balanza en sentido contrario al que la certificación necesitaría: quienes más conocen el sistema y quienes más trabajan en competencia son quienes menos confían en los programas. Es un escepticismo informado, no superficial.
En promedio, los exfuncionarios califican los programas como Poco relevante (3.86), mientras que quienes nunca trabajaron en la comisión la ubican en un nivel Regular (4.71). La brecha de –0.85 puntos es una de las más pronunciadas de la región. A diferencia de los países con valoración Importante –donde la experiencia interna suele aumentar la confianza–, en México ocurre lo contrario: conocer el funcionamiento de la comisión no genera tranquilidad, la erosiona.
La especialización refuerza esta tendencia. En promedio, los abogados que dedican entre 26–50% de su trabajo a competencia califican los programas como Importante (5.50), mientras que quienes dedican 51–75% lo ubican en un nivel Regular (4.57) y los más especializados, con 76–100%, apenas alcanzan 4.41. Este patrón contrasta con el de Perú, Brasil o Chile, donde una mayor dedicación incrementa la confianza. En México ocurre lo contrario: la especialización no fortalece la valoración, la debilita.
El cruce entre experiencia y especialización revela un matiz adicional. Entre quienes no trabajaron en la comisión, la confianza disminuye conforme aumenta la especialización (de 5.50 a 4.60). Todos los exfuncionarios pertenecen al grupo más especializado (76-100%) y califican el cumplimiento como Poco relevante (3.86). En México, más conocimiento no implica mayor valoración; implica mayor distancia. Este contraste sugiere que la CNA enfrentará su mayor resistencia precisamente entre quienes mejor conocen los límites operativos de los programas actuales.
Este doble patrón —autoridad negativa y especialización negativa— es una señal estructural. Los grupos que deberían ser los primeros en validar un estándar son, hoy, quienes menos creen en los programas existentes. La CNA no enfrenta un escepticismo difuso, sino uno informado. Para revertirlo, deberá demostrar, con evidencia operativa, que su certificación distingue programas vivos de programas decorativos.
A pesar del escepticismo informado que muestran exfuncionarios y especialistas, existen dos segmentos que valoran el cumplimiento de manera consistentemente más positiva: las mujeres y los abogados jóvenes. Estos grupos representan la base social más sólida para que la certificación funcione.
En promedio, las mujeres califican los programas como Importante (5.29), mientras que los hombres lo ubican en un nivel Regular (4.39). Ninguna mujer otorga una calificación inferior a 4. Este patrón contrasta con el de los hombres, cuyas calificaciones van desde 1 hasta 7, lo que refleja una confianza más inestable y dispersa. La brecha de género de +0.90 puntos no es solo cuantitativa: muestra que las mujeres ven en los programas un instrumento útil, no un trámite.
El optimismo generacional refuerza esta tendencia. Los abogados jóvenes (25–35 años) califican los programas como Importante (5.50), mientras que los grupos mayores los valoran como Regular (≈4.5). Este patrón coincide con lo observado en Perú, Chile y Colombia, donde las nuevas generaciones impulsan la adopción de estándares.
El cruce entre género y edad revela un matiz adicional: las mujeres son menos optimistas a mayor edad, mientras que los hombres se vuelven ligeramente más optimistas conforme envejecen. Las mujeres jóvenes califican con Muy importante (7), pero las mayores de 56 años con Regular (4), de acuerdo con los cruces publicados en el informe, que en estos casos reflejan observaciones individuales. Los hombres muestran una leve mejora con la edad (de 4 a 4.8). Este contraste sugiere que la CNA encontrará su mayor apoyo entre mujeres jóvenes, pero también que existe un segmento masculino mayor que podría sumarse si la certificación demuestra utilidad práctica.
Estos dos patrones no revierten por sí solos la fragilidad del ecosistema, pero sí muestran que existe una base social real sobre la cual construir. La CNA puede apoyarse en estos segmentos para transformar un mercado dividido en un mercado que vea en la certificación un instrumento de calidad y eficiencia.
Este escepticismo no es una condena, sino el punto de partida para diseñar un estándar que rompa la inercia. Para que la certificación no sea un sello decorativo, sino un estándar de calidad, la CNA debe seguir una secuencia clara: diseñar bien, certificar bien y corregir bien.
No improvisar estándares: publicar criterios técnicos reales. La ley exige emitir “criterios”, pero eso no garantiza su calidad. La CNA debe publicar estándares técnicos verdaderos, comparables y verificables. Sin un estándar sólido, la certificación nacerá sin credibilidad.
Para lograrlo, no ignorar a los expertos. Los especialistas y exfuncionarios son los más escépticos, pero también quienes mejor conocen las fallas del sistema. Integrarlos en el diseño es indispensable para evitar criterios vacíos o capturados.
Construir sobre quienes sí creen. Las mujeres y los jóvenes ya valoran los programas. Este es el segmento que puede sostener la certificación. La CNA debe diseñar estándares y comunicación que hablen su lenguaje: claridad, profesionalización y evidencia.
Alinear incentivos para que el sello tenga valor real. La certificación debe reducir riesgos o generar beneficios tangibles. Sin incentivos, será un costo más. Con incentivos, se convierte en un activo reputacional y operativo.
No certificar “lo que ya existe”. Una vez publicados los criterios técnicos reales, la CNA debe exigir evidencia operativa: matrices vivas, trazabilidad, reportes, escalamiento. Certificar documentos sin verificar funcionamiento destruiría la confianza de los segmentos que hoy sí creen.
Medir y corregir: la certificación como proceso, no como evento. El estándar debe actualizarse, evaluarse y transparentarse cada año. La confianza se construye con evidencia, no con discursos.
México parte de un nivel Regular en relevancia de programas de cumplimiento, con un ecosistema frágil, dividido y marcado por el escepticismo de quienes mejor conocen el sistema. Pero también cuenta con segmentos que ya creen en el valor de los programas y que pueden sostener una transformación real. La CNA tiene la oportunidad de convertir esa confianza dispersa en un estándar de integridad.
El reto no es menor: diseñar criterios técnicos reales, evitar la simulación y demostrar, con evidencia, que un sello puede distinguir joyas de limones. Si la CNA logra hacerlo, la certificación no será un trámite y se convertirá en una señal de calidad. Si no, será un documento más en un mercado acostumbrado a sobrevivir sin confiar.
En un país donde la percepción está partida, la CNA puede inclinar la balanza. No con discursos, sino con estándares. No con promesas, sino con operación. La diferencia entre quedarse en Regular o avanzar hacia Importante dependerá de una sola decisión institucional: si la certificación será un símbolo vacío o el inicio de una cultura de cumplimiento que funcione.
[1] Cabe notar que la comparación entre países debe ser realizada con cuidado, pues a cada practicante se le pide que solo evalúe su propia jurisdicción, no las diversas jurisdicciones que son analizadas en este informe.
[2] Las respuestas individuales en la escala Likert son valores enteros del 1 al 7; los decimales provienen de los promedios. Para efectos de interpretación, los intervalos se leen así: Poco importante (1.00–1.99); Muy poco importante (2.00–2.99); Poco relevante (3.00–3.99); Regular (4.00–4.99); Importante (5.00–5.99); Bastante importante (6.00–6.99); y Muy importante (7.00).
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