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Esta nota corresponde a una traducción al español de una publicación original de Promarket.org, de fecha 30 de abril de 2026. Esto se realiza en el marco de un convenio de re-publicación suscrito entre CeCo y ProMarket (Stigler Center, University of Chicago Booth School of Business).
Matt Lucky reseña Mutiny: The Rise and Revolt of the College-Educated Working Class de Noam Schieber, publicado por Macmillan.
Mutiny: The Rise and Revolt of the College-Educated Working Class de Noam Schieber relata cómo una generación de universitarios millennials revitalizó el movimiento obrero estadounidense al descubrir que los títulos universitarios en los que habían invertido cientos de miles de dólares ya no les garantizaban los empleos bien remunerados y la seguridad laboral que se les había prometido. Tras la Gran Recesión de 2008, Estados Unidos experimentó un aumento de trabajadores con estudios universitarios en ocupaciones que no requerían ese nivel de educación —lo que se conoce generalmente como subempleo—. Un estudio de 2024 del Burning Glass Institute y el Strada Institute for the Future of Work reveló que el 45% de los trabajadores que se graduaron de la universidad hace diez años siguen subempleados.
Estos jóvenes estadounidenses, cuenta Schieber, «salieron de la universidad con ciertas ambiciones profesionales, solo para encontrarse trabajando en un tipo de empleo diferente durante más tiempo del esperado». Esperaban ocupar roles cercanos a la dirección empresarial, en el camino hacia la prosperidad, pero se encontraron atrapados en empleos de servicios mal pagados. Esas expectativas frustradas, relata Schieber, implicaban algo más que una pérdida de ingresos. Se infligió un daño psicológico a los graduados que creyeron haber hecho todo bien al invertir en su capital humano, solo para ver sus vidas descarriladas.
Schieber vincula las expectativas frustradas de los universitarios subempleados con el auge contemporáneo del interés en el socialismo, pues «los jóvenes graduados universitarios en esa situación parecían abrazar una política más radical al sentirse presionados en el trabajo o marginados en el mercado laboral». Estos profesionales radicales son potencialmente más disruptivos para el sistema, ya que «tienden a conocer sus derechos y se sienten capaces de cambiar sus circunstancias personales, incluso de influir en los acontecimientos actuales». Es decir, son trabajadores más propensos a defenderse en comparación con los empleados a los que las empresas están acostumbradas. De ahí surge la receta para la agitación.
Schieber sostiene que el origen de los problemas radicaba en que «la economía producía cada vez más graduados universitarios, pero no tantos empleos bien remunerados como los que estos habían ocupado tradicionalmente». Mutiny es una narrativa sobre la sobreproducción de élites en relación con las necesidades de la economía. Repetidamente, Schieber lamenta que las universidades admitan y gradúen a muchos más estudiantes con títulos que los preparan para ocupaciones en las que simplemente no existe una demanda de trabajo comparable. La otra cara de la moneda —con la que Schieber simpatiza más— es que las cuantiosas deudas estudiantiles y el deterioro de las perspectivas laborales han llevado a los graduados a despertar al movimiento obrero estadounidense de su letargo.
La narrativa de Schieber entreteje las historias personales de Teddy, Chaya y Sydney mientras luchan por hacer valer sus derechos como trabajadores frente a Starbucks, Apple y Hollywood, respectivamente. A lo largo del libro, también encontramos historias complementarias sobre la organización sindical en Amazon, la industria automotriz, los estudiantes de posgrado y los testers de videojuegos. En última instancia, Schieber entrega algo que se lee como una novela con puntos de vista alternantes. Es una lectura apasionante, aunque el enfoque narrativo deja algunos temas sin desarrollar del todo.
Uno de esos temas es la degradación del empleo (enshittification). Al comienzo de sus historias, Chaya y Sydney tienen empleos decentes. Por su parte, la posición de Teddy en Starbucks es menos deseable a título personal, pero incluso su rol se deteriora cuando, por ejemplo, Starbucks no protegió a sus empleados durante el Covid.
En Apple, Chaya comenzó como creative —denominación para quienes ofrecían tutoriales personalizados a clientes entusiastas—. Era uno de los puestos más codiciados en las tiendas Apple, pues funcionaba más como un rol docente que como uno de ventas, y permitía a los creatives especializarse en cursos alineados con sus pasiones. Por ejemplo, los creatives podían dictar cursos en «programación, diseño de apps, fotografía o cine».
Sin embargo, a lo largo de Mutiny, vemos cómo Apple degradó progresivamente ese puesto hasta convertirlo en algo cada vez más cercano al de un vendedor, mientras presionaba a sus empleados. La era de Tim Cook como CEO transformó las operaciones minoristas de la compañía, alejándolas de la visión de Steve Jobs —boutiques de lujo pensadas para ganarse la lealtad de los entusiastas de Apple— y las convirtió en tiendas más convencionales orientadas a optimizar la eficiencia y las ganancias. Como relata Schieber, «se suponía que el puesto de creative significaba que Apple valoraba su experiencia —que había alcanzado una posición de privilegio dentro de la empresa—. Le había llevado casi tres años llegar hasta ahí. Haberse convertido de facto en vendedora de nuevo se sintió como una bofetada».
Sydney atraviesa una trayectoria similar en la industria cinematográfica. Los estudios han aprovechado el cambio tecnológico hacia los servicios de streaming para establecer relaciones laborales nuevas y más extractivas con los guionistas. Históricamente, los estudios retenían a los escritores durante la mayor parte del proceso de producción para que pudieran participar en todas las etapas, desde la escritura del guion hasta el rodaje y la edición, y así garantizar la calidad. Muchos estudios han adoptado ahora el modelo de mini-room, que solo contrata a los escritores durante el período de producción de los guiones (de 3 a 6 meses). El empleo se ha vuelto más precario, peor pagado, y excluye a los escritores de los roles de producción, lo que los excluye de las regalías. Sobre esto, Schieber escribe que «la mini-room transfirió efectivamente el riesgo financiero del empleador al trabajador —algo parecido, en cierta medida, a lo que hicieron empresas como Starbucks al garantizar a sus empleados menos horas y someterlos a horarios más volátiles—». En su análisis, la degradación de cada uno de estos empleos refleja una tendencia extendida en toda la economía, donde los líderes corporativos deterioran las condiciones laborales para extraer cada vez más valor de los trabajadores a cambio de menos remuneración.
La consecuencia de la degradación del empleo fue empujar a los trabajadores hacia los sindicatos. Schieber detalla cómo el motín de los trabajadores contra las élites corporativas tomó a estas por sorpresa. En la década de 1980, el presidente Ronald Reagan había enseñado a los líderes empresariales que podían persuadir a la opinión pública para que apoyara a las gerencias y jefaturas frente a los trabajadores; en las décadas siguientes, Estados Unidos experimentó un colapso de las huelgas laborales. Sin embargo, tras cuatro décadas en que el capitalismo no logró entregar los beneficios prometidos a los estadounidenses, Schieber sostiene que la correlación de fuerzas y la opinión pública han virado decisivamente a favor de los trabajadores. Los ejecutivos corporativos que aparecen en Mutiny se excedieron porque no habían comprendido cuán odioso se había vuelto su comportamiento ante la opinión pública.
Hay dos puntos que vale la pena plantear en torno al tema de la degradación del empleo: uno menor y otro mayor. En cuanto al punto menor, Schieber exagera la medida en que los estadounidenses han llegado a identificarse como parte de un movimiento obrero en conflicto con la clase gerencial. Existen muchos otros factores que dividen las identidades de los estadounidenses, y las identidades de clase tienen numerosos componentes culturales que van más allá de la experiencia compartida como trabajadores bajo la tutela de las corporaciones. Incluso quienes simpatizan con el movimiento obrero pueden también identificarse con lealtades religiosas o políticas que relegan sus vínculos con el trabajo, o incluso los contrarrestan. En definitiva, no estoy seguro de cuánta conciencia de clase genuina hay realmente en juego aquí.
El punto mayor es que la degradación del trabajo que Schieber documenta en Mutiny es la explicación más plausible del auge de un movimiento sindical más asertivo, más que el papel de los graduados universitarios con movilidad descendente en quienes centra su narrativa. Es decir, no me convence que el aumento de trabajadores universitarios subempleados haya sido el principal factor causal, en lugar de que los lugares de trabajo simplemente se hayan vuelto más miserables junto con el estancamiento salarial.
Wage Standard de Arin Dube, reseñado recientemente en ProMarket, sostiene que dentro del mismo período que abarca Mutiny, los estadounidenses experimentaron un mercado laboral inusualmente ajustado, que sucedió a una era más prolongada de mercados laborales flojos y salarios estancados. Ambos factores otorgaron a los trabajadores los motivos y las oportunidades para reforzar su asertividad en el lugar de trabajo una vez que el mercado laboral se reactivó. Es decir, los años prolongados de empleos degradados y salarios exiguos motivaron a los trabajadores a mejorar sus condiciones, y un mercado laboral repentinamente ajustado les brindó la oportunidad de organizarse con un mayor nivel de seguridad, al tener la perspectiva de poder encontrar un nuevo empleo si sufrían represalias por defender sus derechos.
Si bien no tengo dudas de que Schieber acierta al señalar a la fuerza laboral universitaria como un ingrediente del movimiento sindical resurgente, dadas estas explicaciones causales paralelas, no me convence del todo que los trabajadores universitarios subempleados sean el elemento crítico que sostiene esta torre de Jenga laboral. En este punto, el Sindicato de Guionistas de Hollywood (WGA) destaca como el patito feo entre los tres casos de estudio principales de Mutiny. Específicamente, el WGA ha sido durante mucho tiempo una fuerza laboral compuesta mayoritariamente por universitarios. Por tanto, a diferencia de los otros casos examinados en el libro, no podemos atribuir realmente sus comportamientos más combativos a un cambio en la composición educativa interna de la industria. Un lugar de trabajo degradado, en cambio, sí puede explicar el caso del WGA de manera más efectiva.
Un segundo punto de interés en Mutiny es la diversidad de los sindicatos que se analizan. Aquí propongo una distinción teórica entre sindicatos salvajes y sindicatos domesticados, que podemos situar en los extremos opuestos de un espectro. Por sindicato salvaje entiendo la organización laboral realizada sin reconocimiento legal, frecuentemente ante una represión violenta, con el propósito de enfrentar vigorosamente el poder corporativo. Tengo en mente los primeros levantamientos obreros que se enfrentaron a las tropas del Ejército de Estados Unidos y a bombardeos aéreos. En contraste, un sindicato domesticado es una institución establecida, reconocida legalmente, que juega dentro de las reglas oficiales y extraoficiales del juego. Utilizo el término «domesticación» para capturar cómo los primeros sindicatos salvajes —y los movimientos de protesta en general—, al obtener reconocimiento legal, quedan integrados en el sistema existente a cambio de abstenerse de ser demasiado disruptivos. Conviene subrayar que esta distinción entre salvaje y domesticado no pretende designar a uno u otro como «bueno» o «malo», sino simplemente dar cuenta de las variaciones en la forma en que el movimiento obrero se orienta estratégicamente a favor o en contra del sistema existente.
En Mutiny encontramos una variedad de sindicatos distribuidos a lo largo de ese espectro. Los United Auto Workers (UAW), tal como Schieber los presenta inicialmente, se ajustan al molde del sindicato domesticado, en tanto su «relación con los Tres Grandes [fabricantes de automóviles] fue diseñada hace mucho tiempo para ser predecible, permitiendo a las empresas planificar en torno a cada ciclo de contratos de cuatro años con una disrupción mínima» [énfasis añadido]. Schieber relata cómo el UAW sostuvo negociaciones perfectamente coreografiadas con los fabricantes de automóviles que lograban mejoras marginales y regulares para los trabajadores; esa estrategia era facilitada por el hecho de que el UAW funcionaba internamente como un régimen autoritario de competencia restringida que permitía a su cúpula gobernante elegir a sus líderes sin una participación significativa de los afiliados y mantenerse en el poder durante 70 años.
En el transcurso de la narrativa de Mutiny, somos testigos de cómo el UAW se transforma en una dirección más salvaje a través de una revolución interna que desplazó a la vieja junta y dio paso al recién elegido presidente Shawn Fain, a quien Schieber compara con la primera generación (salvaje) de líderes del UAW durante la Huelga de Brazos Caídos de Flint de 1936-37. Fain es presentado como claramente menos complaciente con los Tres Grandes, con exigencias más enérgicas de mejoras salariales. Esa actitud combativa se ilustra con la disposición de Fain a interrumpir realmente las operaciones de los fabricantes de automóviles, liderando la primera huelga simultánea del UAW contra las tres empresas. Esta dimensión salvaje/domesticado también es detectable en las diferencias de enfoque entre los organizadores sindicales de base en Starbucks y el apoyo que recibieron del Service Employees International Union (SEIU). A lo largo de Mutiny, estos contrastes se repiten con frecuencia entre el ímpetu de una nueva generación y las formas asentadas —¿escleróticas?— de los sindicatos más antiguos.
Como reflexión final, reconoceré mi frustración con los argumentos de «sobreproducción de élites» en general, aunque la expreso desde una perspectiva filosófica más que económica. En concreto, propongo que el encuadre de la «sobreproducción» que Schieber desarrolla mediante frecuentes alusiones a «demasiada gente con costosas credenciales que persigue unos pocos empleos» revela una lente empobrecida para valorar la educación. La valoración económica de la educación no concibe el desarrollo de las capacidades humanas como un fin en sí mismo, sino meramente como un medio instrumental para servir a las demandas del mercado. Cuando el conocimiento y los talentos humanos se conciben en este último sentido instrumental, resulta fácil concluir que las élites en la cima de la sociedad deben frenar o suprimir el desarrollo humano de las masas para evitar una «sobreproducción» desestabilizadora.
Wendy Brown sostuvo que el pensamiento neoliberal aplanó nuestra manera de valorar la educación, reduciéndola a una educación servil destinada a satisfacer necesidades económicas. Eso nos impide pensar en una educación liberal que ayude a los seres humanos a construir mejores versiones de sí mismos, con la aspiración de que puedan hacer de sus vidas obras de arte; algo que cada individuo desee perfeccionar y embellecer a través del cultivo de sus virtudes humanas únicas. Nada de esto niega que cargar a los estudiantes con deudas excesivas por títulos que no contribuyen a su éxito material a largo plazo sea un grave problema social. Lo que sí quiero decir es que al adoptar la lente de la «sobreproducción», Schieber ha incorporado de forma no reconocida este supuesto neoliberal de que toda la educación de hoy es una educación servil. Es la misma ideología que ha degradado el mercado laboral para tantos estadounidenses y contra la cual trabajan tanto quienes han estudiado en la universidad como los que no, en busca de dignidad y seguridad.
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